martes, 13 de septiembre de 2011

Capítulo 1 - Strawberry Field


 Los pájaros no cantaban, hacía frío, el cielo era gris y yo había tenido una noche horrible. Mis migrañas nunca desaparecerían, cosas de la vida. Me froté los ojos bostezando y miré a mi alrededor. Papel de pared algo desgastado, muebles de los 70 y una vieja foto de ella. Hacía diez años que estaba aquí. Me quedé huérfana a los 7 años. A ella le gustaba fumar. Le costó caro. Se llamaba Scarlett Carroll. Según las fotos y mis lejanos recuerdos, era una mujer muy guapa. Rubia, siempre con los labios pintados de carmín, elegante. Sobre mi padre… tenía poca información. Sabía que se llamaba Luke Maxwell y que era marine americano. También tenía una foto que guardó mi madre en secreto hasta el día de su muerte. La encontró mi tía Hortence de casualidad cuando limpiábamos la casa. La tiró a la papelera murmurando. En cuanto salió de la habitación, la rescaté y la metí debajo de mi almohada. Siempre ha estado allí. No sé por qué, pero me inspiraba confianza, tenía una sonrisa sincera. Aunque siempre he sabido que nos abandonó. Cuando se enteró de que mi madre estaba embarazada, se volvió a Estados Unidos en un buque de la Marina. Mi madre me contó que lo destinaron a una misión en la RSS de Ucrania y murió allí. Yo la creí fervientemente. ¿Por qué habría de desconfiar de ella? Al fin y al cabo se encargó de mí enfrentándose a toda su familia, no me dio en adopción. La quería. Mucho. Tabaco, maldito tabaco.

 Lo cierto es que aún me quedaba familia. Mi tía Hortence y el viejo Gill. Nunca me soportaron, era una bastarda; sí, así me llamaban, era una bastarda inútil que me dedicaba a chuparles la sangre por culpa de mi madre, la golfa. Ahora me habrían resbalado sus palabras, a los 8 años no te lo tomas tan a la ligera. Lo pasé de pena; todas las noches lloraba en la cama. El primer año no fue tan malo, únicamente me ignoraban. Pero fue a peor, así que me internaron en Strawberry Field y se olvidaron del tema. Hace casi 10 años que no sé nada de ellos. Ni ganas.

 Levanté la vista. Una grieta recorría el techo en diagonal. No era profunda. Larga como mi estancia en el internado. Superficial como mi vida social. Sólo he tenido una amiga en toda mi vida: Honey Applewhite, una hippy medio loca amante de los Beatles y de Janis Joplin que vestía de manera bastante extravagante y pintaba en las paredes. Era muy creativa, pintaba cualquier detalle que le impactaba: desde un mosquito zumbándole en la oreja hasta el mismo Big Ben. Aunque eso de utilizar como lienzo la propia pared le traía ciertos problemas. Yo, en cierto modo, me parecía a ella. Siempre llevaba mi cámara Leica M3 conmigo y fotografiaba cada instante de mi vida. Era de mi abuelo materno, Clint Carroll, que la compró en Nueva York en 1954. Me sorprendía que aún funcionase. Hacía fotografías en color, pero con cierto halo de nostalgia. Jamás salía sin ella en el bolso.

 La cogí. Había visto algo que no estaba cuando me acosté. Honey había hecho de las suyas. Al lado del tocador había dibujado con carmín el rostro de un chico. A la derecha, una frase: Piece of my heart, una canción de Joplin. La verdad, no tenía ni idea de quién era ese chico, pero ya tenía preparada mi cámara para retratarlo. Sonreí mientras miraba por el visor y enfocaba. Apreté el disparador, algo crujió y me sobresalté. La cámara se zarandeó.

 -¿Qué haces, tía? –preguntó Honey desde su cama alborotándose el pelo. Me volví frunciendo el ceño.
 -¿Qué ha sido ese ruido?
 -Los muelles de la cama, pequeña. Que ya tiene sus trotes –Le encantaba decir cosas raras.
 -¡Mierda! Seguro que la foto ha salido borrosa.
 -Va, no te preocupes por ese cacharro. Dame ropa.

 Puse los ojos en blanco. No era raro que me pidiese que le pasase algún trapito. A ella le daban igual las combinaciones de colores, los estampados y las texturas; sólo utilizaba la ropa para mantener su temperatura corporal. Le pasé unos pantalones vaqueros y un jersey de lana de colores. Ella seguía en la cama bostezando.

 -Bien, bien, Sadie, ¿a que no sabes quién es? –preguntó con una media sonrisa impresa en la cara señalando hacia la pared.
 -Pues, la verdad…
 -Oh, tía. ¿Me tomas el pelo? ¿Tan mal dibujo que no reconoces al mismo Gaël Bouvier?

 Entorné los ojos mirando fijamente el rostro de aquel tipo. Efectivamente, se trataba de él. El chico más bohemio del internado. Un francés que tocaba la guitarra como nadie.

 -¿Y eso tan cursi?

 Honey asomó la cabeza por el cuello del jersey.

 -¿Cómo dices…?
 -Piece of my heart. ¡Normalmente sueles ir más al grano!
 -¡Oh, cállate!

 Me tiró la almohada. Casi me caí de culo.

 Alguien tocó a la puerta.

 -Abre la puerta, palomita –me pidió abrochándose los pantalones.

 Golpeé el pomo con desgana y tiré la puerta hacia mí. La vigilante de nuestro pasillo entró como una exhalación. De nuevo, estuve a punto de caerme.

 -¡Angie! –grité intentando mantener el equilibrio.
 -¡Buenos días! –exclamó a toda prisa. Abrió las cortinas de una sacudida. La luz me golpeó las retinas con brutalidad y me cegó durante unos instantes.
 -¡Ay! –Volví a gritar; las mañanas en Strawberry Field solían ser mucho más tranquilas. Honey salió del pequeño baño –simplemente una taza de váter y un lavabo; había una ducha comunitaria en cada pasillo- con el ceño fruncido y el cepillo de dientes en la mano.
 -¡Eh, tía! ¿Qué te ha dado? –dijo no sin cierta dificultad.
 -¡Tengo una noticia maravillosa, Sadie! –exclamó con una sonrisa radiante sin dejar de mirarme.

3 comentarios:

  1. me gstra muchiiisiimo!! y te sigo :) http://elfisicoseducelapersonalidadenamora.blogspot.com/
    escribes super bien^^

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  2. Hola, me gusto tu historia, escribes super bien. He estado leyendo varios relatos y me sorprendo con las maravillas que encuentro! Gracias por pasarte por mi blog y dejame decirte que tu sinopsis capturo mi atención de inmediato, y voy a seguir la historia de Sadie! Un beso.

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